Sigo dándole vueltas al asunto.

¿Qué es un concepto? Un concepto es una forma de organizar las experiencias[1]. Uno dice: “amigos”, y describe una relación social con ciertas características que dan cuenta de ese lazo afectivo. Podríamos afirmar que todas las palabras son conceptos. Sin ellos, lo que hay es angustia. Miren con que belleza y exquisitez lo dice María Zambrano:

En la incertidumbre que es la vida, los conceptos son límites en que encerramos las cosas, zonas de seguridad en la sorpresa continua de los acontecimientos…. Lo repito porque me enamora. Y lo que sigue, me derrite más.

De todas las clases en las facultades, una es Derecho Constitucional. En el curso de verano de este año estuve todo enero pensando qué les iba a decir. La materia caducó. Nada de lo que hacemos en Constitucional tiene sentido. Tal vez ya no lo tenía de hace tiempo. Pero ahora, la evidencia es pasmosa. Entré sin saber, lo juro. Hasta último minuto. 101 pibes y pibas. Los miré y les dije (por supuesto no entendieron nada): “olvídense de todos los conceptos”. Expliqué qué era eso. Y les dije: “los que tenemos actualmente no sirven para nada. Son como anteojeras que deforman la realidad en forma tal que queda todo demasiado distorsionado, completamente borroso. Incomprensible. Si vamos a pretender analizar la realidad –que es infinita y total- con las abstracciones y recortes que hacemos en Derecho Constitucional, lo que va a salir es un engendro, un curso de mentiras. Entonces olvídense de Republicanismo, de Democracia, de Peronismo, de Emergencia, de todo… empecemos casi de cero. Necesitamos crear conceptos nuevos”.

Escucho y leo perplejidad y asombro. Por ejemplo: “Este gobierno puso todo patas para arriba”. O Gobierno Lisérgico. ¿A qué remite lo de “lisérgico” más allá de la clara referencia a las drogas que alteran el estado mental? Apuntan justamente a otro tipo de racionalidad, onda “Materia Gris”, porque no sabemos cómo explicar lo que pasa frente a nuestros ojos ni tenemos nuevos conceptos que den cuenta del escenario. Ciertamente nos está faltando una teoría del algoritmo con urgencia.

O por lo menos, un nuevo manual de realismo político, un Maquiavelo recargado, que nos explique qué ó cómo es que se juega al juego ahora.

Desde que asumió, a quien le decimos el Loco, no le importa nombrar cargos, ni jueces, ni buscar mayorías ni consensos. Alberto se escudaba en las formas republicanas e institucionales: “No, no puedo hacer tal o cual cosa porque es competencia del Legislativo”. ¿Qué dice Milei? “El Congreso es un nido de ratas”. Alberto tenía trabas institucionales, no le votaban a los jueces, no podía tener su Corte. Ya está, eso aparentemente no va más. O no es del todo prioritario. Los jueces de la Corte están temblando. Saben que si abren la boca salen eyectados. No hay más casta que el Dispositivo Judicial completo. Mejor que sigan cayados porque apenas levanten la manito, les llega la motosierra y los trolls con toda la furia.

El episodio de los gobernadores y la ley mamarracho fue desopilante. Los mandatarios no sabían para donde disparar. Por eso nadie se le quiere topar en el camino. Tan insólito fue todo, que cuando creímos que lo del oficialismo en el Congreso era un rotundo fracaso, el tipo se dio el lujo de llamar a todos los gobernadores, y no recibirlos. Si bien es cierto que la convocatoria fue un poco a regañadientes, la lectura fue errada: el oficialismo salió bien parado. La casta le pone las trabas que no permiten liberar el camino hacia el crecimiento y terminar con el pasado nefasto, del Estado parasitario y depredador. El único que entendió de qué va la cosa es él; y sigue cabalgando con pecho inflado.

El presidente Tuitea, todo el tiempo tuitea, compulsivamente. Ya lo hacían otros mandatarios, tampoco es nuevo. Aparecen los análisis racionales: ¿Cuánto tuiteó el presidente? El presidente estuvo promedio ocho horas en tuiter… ¿Cuándo gobierna?, ¿cómo hace para gobernar? No la estamos viendo: Gobernar es Tuitear, tiktokear, instagramear, estar en las redes. Las redes son el ágora moderno desde el 2012 en adelante. Ya no podemos decir más que eso no es real.

Lo virtual es real. Dejemos de decir virtual. Es real a distancia. Una distancia que eliminó hace mucho el tète-à-tète. Se puede hacer campaña sin ir al territorio. Eso antes era sagrado. El pueblo tenía que ver al candidato, adorarlo como una deidad. Pero Milei no pisó provincias en las que arrasó. Y ahora sigue igual. Gobierna por Tuiter.

Claramente el desdoblamiento electoral hizo lo suyo. Expliquémoslo: durante todo el año veintitrés estuvimos con elecciones provinciales, desde Febrero hasta Octubre. Todas las administraciones habían decidido no acompañar la candidatura nacional, cualquiera que fuese. Alberto Fernández -y Cristina también con su grado de responsabilidad- estiraron mucho la interna oficial (de ese entonces) y cada gobierno local buscó cuidar lo propio. Se lavaron las manos de lo que pasara a nivel nacional. De todos, todos los ejecutivos nacionales siempre buscaron congraciarse con los gobernadores en la búsqueda de los consensos necesarios que posibilitaran la gobernabilidad. Con esa lógica, en las provincias saben que los fondos llegan. Pueden haber discrepancias macro e ideológicas en algunos casos puntuales (San Luis siempre da la nota), pero en la general se juntan a almorzar y acuerdan cosas. Entonces, a nadie en el interior del país le preocupó el destino del ejecutivo nacional. Si total, el presidente Gobierna el AMBA y el resto le chupa un huevo es como lo que piensan en cualquier lugar del país que no sea el AMBA. Ergo, cuando Massa fue a la general, nadie le militó la boleta. Y así le fue. Si los oficialismos locales hubiesen competido al mismo tiempo que la presidencia nacional, por una cuestión de efecto arrastre y una campaña más consustanciada, Milei en las PASO hubiera sacado 15/18 y no el 30% que hizo estallar el sistema político por los aires. En los únicos lugares en donde a UP le fue bien es donde hubo competencia local más nacional al mismo tiempo. Y en esas elecciones Milei perdió. La más importante fue LA Provincia, pero también en CABA le fue mal al actual presidente, porque el primo Macri se la jugaba en Octubre como Axel en Buenos Aires.

Retomando, lo de no pisar territorios tampoco había sido una novedad. Varios candidatos de los que llamamos outsiders llegaron a las instancias finales en nuestro lado del charco en las últimas elecciones que recuerde ahora: Chile, Colombia, Ecuador, incluso tal vez Perú. ¿Y si se alteró la “outsideridad”? Es decir, ¿Quién está adentro y quien afuera? ¿Adentro de qué? ¿Quién es el político profesional? ¿Massa? No. Ser profesional de la política es un juego nuevo. Massa claramente no conoce las reglas. No lo culpemos: nadie las conoce. Están en transformación constante.

Volviendo, toda crisis es en algún punto un problema de representación. No sé si ya lo dije y me estoy repitiendo (lo más probable), pero es así. La representación está totalmente alterada. La legitimidad que busca un gobernante ya no es la popularidad de la calle. Ese problema, el de la democracia de masas del siglo veinte, se terminó. La legitimidad, además –y por ahora- de la procedimental-electora, hoy es digital. Repito: DIGITAL. Segmentada, con verdades selectivas y estandarizadas a la medida del sujeto pasivo rehén de los impulsos electrónicos que llegan por los aparatitos que lo rodean, en un algoritmo omnisciente que todo lo sabe, todo lo ve, todo lo anticipa y nos hace sentir a cada uno individualmente bien, seres únicos y protagonistas.

Lo de Cristina terminó en 2015. Pero no es solo Cristina, sino una forma de hacer política. Coincidió todo: el cambio mundial en la forma de comunicar(se) y el ciclo más maravilloso que muchos creemos haber vivido.

Todo lo que vino después fue una mezcla de absoluta incomprensión del nuevo escenario y las formas de hacer política. No quiero poner en una misma bolsa  las gestiones de Mauricio Macri y la de Alberto Fernández. Las diferencias son monumentales, pero en algo se parecen: en el público al que le hablaron. Ninguno buscó representar a los desclasados, los desposeídos, los nadies de Galeano, los condenados de la tierra de Fanon, aquellos a los que Karl Marx llamó (no sé si despectivamente) “lumpen proletariado”. Los mencionados en el texto inicial de la película El Club de la Pelea (1999).

Macri le gana a Cristina hablando el mismo idioma de la política. Pero a Cristina los pobres y vulnerados la querían, porque aún sin cambiar muchas condiciones muy malas de vida, les dio dignidad, les permitió soñar, ahorrar, proyectar. Ni Macri ni Alberto (y sus respectivos gobiernos) les  proveyeron esa dignidad, sino que los ningunearon… los nadies otra vez. De Macri no sorprende. Los desprecia. Pero lo de Alberto fue más o menos parecido. Apenas asumió lanzó una “Mesa del Hambre” convocando a famosos de la talla de Tinelli… ¿es joda? Eso nunca podría haber salido bien. El hambre no lo resuelven los “panza-llena”. Se resuelve con violencia, de abajo hacia arriba. Ni los sindicatos, ni los políticos profesionales, ni las administraciones provinciales ni las cámaras empresariales, buscaron representar a todos los marginados que eran cada vez más.

Por supuesto que todo se mezcla: hay representaciones muy valiosas, de piqueteros organizados, trabajadores desocupados, feminismos combativos. Buenos sindicatos, de los valiosos. Pero todo ese movimentismo maravilloso, autogestivo, de abajo, no logró canalizar todo lo que al capitalismo financiero y extractivista le sobraba. Las desposesiones, los malos tratos y las marginaciones crecieron a mucha mayor velocidad que lo que podía canalizarse social y colectivamente.

Entonces se fue poco a poco dividiendo todo en dos, al mismo tiempo que segmentándose por redes en mil pedazos.

En 2020, cuando Alberto larga el IFE en Pandemia, tuvo una señal más que elocuente. La estimación de los posibles inscriptos eran dos millones. Y le aparecieron unos cuantos más: 15 millones. Ahí tenía la respuesta a su gobierno. Ese era el lugar donde debía hacer anclaje y buscar las nuevas formas de la representación política. Pero no quiso, no supo, no lo sé. Tal vez no estaba a la altura de la historia. Lo cierto es que no buscó representar ni legitimarse. El 80% de imagen positiva se escurrió como arena entre las manos al tiempo que circulaba la foto de Olivos y lo del vacunatorio VIP, aunque repitamos una y mil veces lo buena y solidaria que fue la gestión de las vacunas y en general la respuesta del sistema de salud.

Insisto: Cristina les daba dignidad. En un reportaje, un transeúnte descoloca al periodista y a los “bien-pensantes” que mirábamos sin comprender y nos reíamos de lo que aparentemente era desopilante (pero que luego se impondría con toda la lógica). Le preguntaron a quien pasaba votar: “A Cristina”. “Pero Cristina no es candidata” respondió burlonamente el del micrófono. “Entonces a Milei”. Y sí. No sorprende. Cristina no les daba la espalda. Lo que vino después sí.

Apareció un roto, tan roto como el resto. La conexión entre el presidente y su electorado es directa, por redes. No hay intermediación.

Milei: “Se terminó el INCAA”.
“Y sí…” le responden del otro lado del celular. “Si yo no voy al cine”.
“Los vagos del Conicet, a laburar, no hay plata”.
“Claro” le responden en el comentario de abajo, “esos tipos se la pasan pelotudeando mientras yo me rompo el orto… basta de privilegios”.
Y así con la Cultura en general… la cultura es para los acomodados. Chau Telam, chau Universidades, Chau instituto de la música, incentivo docente, obras, chau privilegios… ¿si nosotros estamos rotos, por qué ellos no?

¿Cómo explicarle que una agencia de noticias con pluralidad de voces lo favorece porque no va a haber un único medio, que será el medio del poder? Les queda lejos. La racionalidad no existe más. Es un incentivo muy general. Necesita ser acompañado de un incentivo más directo, más selectivo.

Cristina había puesto el Fútbol para Todos. Eso sí que fue efectivo. La clase media se quejaba porque lo podía pagar. No tiene sentido hablar del jardinómetro ni de lo que cuesta cualquier otra cosa. Cuanto desprecio; nunca consideraban los clasemedieros a aquel que no se lo podía pagar. La cultura popular, que respira fútbol, se hacía universal. Macri lo sacó recostándose en su electorado. Empezaba a cavar su fosa.

Pero en lo que respecta al desguace que azorados estamos vivenciando minuto a minuto, sabemos que tiene una lógica que otros no pueden ni van a comprender en lo inmediato, cuando lo que te pasa es que metés la mano en el bolsillo y hace años que nunca alcanza.

Hay una sociedad partida en dos: los que están sostenidos en algún tipo de enraizamiento y los uberizados, los expoliados, aquellos que no son sujetos de ningún derecho. Sujetos de Derechos sin Derechos.

Alberto pudo haber creado un relato en contra de los multimillonarios, generar incentivos selectivos para los nadies y condimentar dichas políticas públicas en una cruzada contra un enemigo de verdad. Pero no hizo nada de eso. Contrariamente, los poderosos sí lo canalizaron bien: la culpa de que vos estés mal es porque él recibe un plan, es porque aquél trabaja en el Estado y tiene beneficios, es porque el otro recibe una beca y estudia en la universidad. Me acuerdo de otras cosas ahora del gobierno de Cristina en el mismo sentido: el plan NINI, para los que no estudian ni trabajan, en un intento por incluir; y por supuesto todo eso sintetizado en el memorable: La Patria es el Otro. No hay mayor gesto de solidaridad que enmarcaba toda una política. La patria no soy yo ni sos vos, es el otro.

En el último año de Massa, en lugar de ajustar, debió hablarles y gobernar para ellos. Me exasperaba escucharlo y que solo hablara del impuesto a las ganancias o de trabajo de mejor calidad. Lo que creo mejor hubiera resultado (en aras de una representación genuina) debió ser una condición fiscal y beneficios a los sujetos “IFE”. Antes (S. XIV), quien pagaba impuestos (aunque se molestara por ello) se sentía orgulloso, porque era un sentido de pertenencia: el que está adentro paga impuestos. El que no paga es extranjero, ó no es propietario. Los pobres no pagaban impuestos. Solo existían los tributos directos. Hoy los lumpen se volvieron extranjeros en su propia casa. Como diría Andrés Calamaro “soy un extranjero en mi propia casa. Y eso no tiene perdón”. La verdad, no se los perdono. Tuvimos la oportunidad de que todo fuese distinto… ¿o ya era tarde? No sé…. si le hubieran dado al monotributista y a otros, una categoría fiscal con vacaciones y aguinaldo, tal vez (solo digo tal vez) hoy sería otro cantar.

Dos cositas más como para ir cerrando este despacho de Miércoles lluvioso por la noche, en el que se me mezclan tantas ideas a la vez: aparece flotando en el aire la idea de Juicio Político. Guarda. Guarda con esa jugada. Un Juicio Político necesita una figura de consenso para asumir (en una especie de voto constructivo de censura) más (y esto es fundamental) una legitimidad bien lograda. Si institucionalmente, una mayoría logra eyectar a Milei hoy, el único que va a ganar es Milei. Servida en bandeja: “Me echó la casta”. Bolsonaro hizo una manifestación la semana pasada. Sigue bien vivo. De Trump mejor no hablemos. Pronto volverá a ser Mister President. No vaya a ser cosa que lo echemos al Loco y vuelva con más fuerza, ahora sí, derribando todas las barreras institucionales de la democracia que supimos construir (40 años van), pero que pueden desvanecerse en cualquier momento como un castillo de naipes. Un juicio político se hace con legitimidad. En este caso tiene que ser Digital. Hace falta ganar la agenda. Estamos todo el día hablando de las cosas que hace Milei. Por supuesto que por ser el presidente, lleva las de ganar, pero caemos en todas. Cada Like del Loco, es agenda. Hoy fue lo de la vicepresidenta colgada en la Plaza de Mayo por incluir en la sesión de mañana el tratamiento del DNU. El tipo nos pone a defender a Villarroel. Mamita.

Última. Mi papá siempre me contaba un chiste que me hacía reír. Un tipo va por la 9 de Julio en contramano. Prende la radio y escucha al locutor: “Atención, atención, un loco en contra mano por la 9 de Julio. Repito, mucho cuidado, un loco en contra mano por la 9 de Julio”. El tipo levanta la cabeza, razona y afirma: “¿uno? Miles”.

Sí, es gracioso. Pero resulta que ahora no es solo uno. Ya es el 54%.

[1] Se lo robé a un profe una vez, en una conferencia sobre Carl Schmitt. En realidad todo es básicamente “robado”. A alguien leí y le escuché decir cada cosa. Injustamente no cité a la inmensa mayoría de los autores en los que me basé. Pero los amé en silencio cada vez que utilicé sus ideas y terminologías.